La Marabunta Del Periodismo De Carroña

Hace tiempo que el oficio de periodista ha ido perdiendo su profesionalidad, desde que comenzó a nadar entre el interés económico del gobierno y la ética personal del periodista o comunicador, a la hora de contar los hechos para convertirse en un periodismo de carroña.

Con ese esquema todo se derrumbó a nivel de la comunicación, quedando el control del gobierno sobre los medios y poder así sacar provecho sobre las necesidades, miseria y ruina de los periodistas y comunicadores para darles dadivas, recursos económicos y privilegios y convertirlos en eco del poder y de su propia miseria.

La ética periodista se disfrazó de buitre para así comer de la carroña, que le ofrecía su amo, había que escribir bajo el espíritu y la letra de quien le pagaba, provocar ruidos en la radio o en las pantallas o callarse en ocasiones para que su amo no perturbara sus pobres bolsillos.

Las reglas han cambiado, el periodismo ha ido perdiendo su esencia de un servicio público a favor de la ciudadanía, para convertirse de manera descarada en un periodismo irresponsable y de la carroña.

La verdad ya no importa, el problema estriba en contar la historia de los hechos a su manera, bajo el simple interés de quien le ha favorecido o ha pagado.

El asco moral es tan grande, que la gente no cree ni confía, en los políticos, ni en la justicia y desde hace tiempo tampoco confía en muchos periodistas y comunicadores.

Lo que existe hoy en la radio y la televisión es solo ruido, en la que se han refugiados una serie de periodistas y comunicadores, a través de Facebook Live o realizando cherchas noticiosas a manera de circo, con voces que dicen ser libres y no son más que marabunta de voces, que como la gallina ponedora no se cansa de cacarear y repetir lo mismo que le dicta el amo.

El periodismo de carroña no es periodismo, aunque hoy se vea con fuerte presencia en los medios de comunicación, más temprano que tarde la ciudadanía exigirá un quehacer periodístico más responsable al servicio de la verdad y de la gente.

Por: Juan Payero Brisso
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