La enseñanza de las escuelas particulares No existía una diferencia marcada de clases sociales.

Nuestra memoria recorre de manera lenta, los surcos del recuerdo y del olvido, tratando de encontrar en ese pasado de cómo era la escuela, sus maestros y los materiales, que se usaban.

La escuela del ayer, propiciaba unos valores, unos recursos didácticos, que hoy nos permiten recordar con gran nostalgia, en la que hoy podíamos sacar ejemplos de enseñanzas y aprendizajes, en lo que nunca podríamos abandonar.

Desde comienzos del siglo XX, en Puerto Plata han existido diversas escuelas particulares, cuya misión ha sido la de impartir educación sobre la base de los fundamentos de la moral, la rectitud, el saber y la honestidad.

Esas escuelas formaron parte de la zapatas de la vía escolar y social de la ciudad, proyectando sus valores a miles de alumnos, que durante sus años de estudio, bebieron de esa fuente inagotable del saber para servir a la sociedad como ciudadanos dignos.

Siempre en esas pequeñas escuelas había algo que aprender, desde el conocimiento de las vocales y el abecedario en el libro Mantilla hasta el aprendizaje de la tabla, para conocer el mundo de los números.

La enseñanza de las escuelas particulares se fundamentaba en la educación, la persuasión y en muchas ocasiones en medios coercitivos basados en el principio de que ¨las letras entran por la sangre¨.

La escolaridad comenzaba cuando los dientes de leche empezaban a caerse, es decir, a los 6 años. Los horarios de estudios eran muy diversos y podían comenzar las clases de 9 a 12 de la mañana o de 2 a de la tarde.

Los alumnos provenían de diversos estratos sociales de la sociedad puertoplateña. En muchas de esa escuela podían estudiar ricos y pobre. No existía una diferencia marcada de clases sociales.

Muchas canciones eran enseñadas en dichas escuelas, como los himnos a la patria, a la madre, al árbol, a la naturaleza y la escuela.

Una de las canciones que más se enseñaba era aquella de Ramón Jiménez, que versaba: ¨No digamos jamás la mentira/no engañemos a nuestros papas/ que no hay cosa más bella que un niño/ cuando sabe decir la verdad/respetemos a nuestros mayores/ ocultar una falta es error/ la verdad es la cosa más bella/ cuando sabes decir la verdad¨.

En todas esas canciones imperaban el amor, el respeto no solo a los padres, sino a la patria y la naturaleza.

En dicha escuela, la mujer puertoplateña jugó un rol destacado en la enseñanza y formación de muchos jóvenes en su comportamiento moral y cívico.

Entre las personas que más contribuyeron a difundir la enseñanza e instrucción y formar la conciencia de muchos puertoplateños, se encuentran: Carme Archambault, Teresa Puig, las humanas Risco, Teresa Minier, las señoritas Luisón y Mimí, las hermanas Mackenzie, Nica Royer, Anairka Burgos, Pancha Rivero, Gloria Marion, Clotilde Quiroz, Olivia Capella, María Heinsen, Blanquita Báez, Eloisa Hart, Doña Martina, Lidia Gilbert, Ana Rita Eve, Esther Lockward, Mme. Brown, el profesor Certad, Mon el Vigía, el señor Rossi, el señor Lorenzon, Celsis Hernández y otros (otras) destacados profesores.

A estas mujeres y hombres debemos agradederles con el más perenne de los recuerdos, por los servicios prestados a las más diversas generaciones de jóvenes puertoplateños que lograron forjarse en sus escuelas particulares.

Las escuelas particulares puertoplateñas constituyen un acervo cultural cuyos valores es necesario rescatar y conservar, como forma de entender que la educación de un pueblo es la base para su progreso y desarrollo.

No hay mejor reconocimiento que exhaltar la labor educativa y altruista de los profesores antes mencionados, en la que nuestros valores como pueblo se conjugan como parte de la identidad cultural puertoplateña, hoy amenazada por los infravalores y los efectos de la llamada globalización.

Resaltar los valores de las escuelas particulares es una deuda de gratitud de todos aquellos puertoplateños que recorrimos esas bellas andanzas de la enseñanza y el saber del ayer.

Actualmente quedan algunas pequeñas escuelas particulares, como expresión y herencia de las viejas escuelas y que hoy debemos de estimular y reconocer su trabajo, como parte de la labor desarrollada por los viejos profesores, forjadores de esa bella experiencia educativa.

Por: Juan Payero Briso

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