Dedicado a los "Demócratas" Homofóbicos

Del libro
Sociología & Sexualidad
Autor: Angel Artiles Díaz

La sexualidad y la moral
Esa colección de juicios, valores y principios que comprendemos como ética, que en términos de comportamientos, determina lo que debemos hacer por “conveniente” y qué no debemos hacer; qué caminos recorrer, en el tránsito hacia la socialización. 

Esa carga de normas y tabúes que nos obliga a quedarnos quietos para tener el privilegio de salir en la foto, esa es la moral la que, desde la óptica en que se nos presentan los distintos tipos de moralidades: represivas, permisivas, liberalistas. Priman en cada sociedad, diciéndonos qué es “bueno o malo”, “saludable o dañino”, “normal o anormal”; en fin, qué comportamiento es moral, inmoral o amoral. 

La sociedad heterosexual binaria (Butler, Judith. 1990) que asigna constricciones, compromisos, ataduras, sujeciones y exigencias al cuerpo humano a partir de la masculinidad o feminidad, no tan solo como un producto del determinismo natural, sino también como un determinismo social que conducen a la propia realización de los seres en colectividad y de los individuos en particular, moldeando la conducta humana hacia una u otra vertiente de las preferencias sexuales estereotipadas o de las colocadas en la periferia de la aceptación social. 

Los sistemas morales que integran al sexo y al género como representaciones determinantes de valores sociales y culturales, que con el tiempo elaboran las distintas sociedades a partir de las diferencias anatómicas, bien o mal, tratan de dar sentido al criterio erótico de la satisfacción sexual, la sexualidad para la reproducción y las diferentes formas de relaciones sociales que se derivan de ellas.

Debido al rol importantísimo que juega la moral en el campo de los usos sociales, de ella obtenemos las afirmaciones y las negaciones de las cosas, sean éstas abstractas o concretas. 
La sexualidad, que desde la aurora de la juventud debe ser una actividad netamente individual, privativa de cada uno, cultivada por cada cual en el campo de la subjetividad, muchas veces impenetrable de las creencias, resulta que deviene en una especie de reflejo condicionado que pende de la inclemencia de los modismos de la sexualidad comercializada por el capitalismo de consumo sin recatos ni reservas, sin remordimientos ni respetos.

Desde la permisividad del modelo capitalista, se nos impone la necesidad hedonista de dedicar el tiempo de ocio al placer, generándose así una actividad sumamente lucrativa que cubre con su manto de intereses los ropajes de la moralidad. 

Si partimos de las distintas valoraciones que la moral le otorga a las cosas, temporal y geográficamente, es apropiado afirmar que la moral es una construcción social, un conjunto de decisiones arbitrarias mediante las cuales los grupos sociales dominantes deciden sobre lo que es bueno o malo, y las decisiones se obtienen en unos laboratorios de dominación en los que, a través de largos discreteos y enjundiosas disquisiciones, se producen “las doctrinas morales” con las que (conceptualmente) se domina a los pueblos, se legitiman los juicios y se determinan las acciones (morales por supuesto).

Luego a la ética se la tilda de “ciencia” y se la encarga del estudio de la formación de la “conciencia moral”, y dicen que cuando esta conciencia nace, se experimenta el valor de las personas.

Cada vertiente de las preferencias sexuales debe deslizarse sobre los rieles que la moral pre-establece, decreta y defiende; de no ser así, la misma moral tiene un arsenal de intolerancia, de denuncias y de sanciones, a los fines de garantizar el mantenimiento de todos los valores y postulados producto de la “reflexión” o de la imposición, y surge el “respeto” como valor previo, sinónimo absoluto de coacción. 

En esta tesitura, se establece una relación de subordinación entre los valores morales de las clases sociales y religiosas dominantes y los valores de las minorías ubicadas en las periferias del comportamiento heterosexual. El subordinante se impone al subordinado al que domestican trazándole una serie interminable de comportamientos inspirados por valores denominados “superiores” los cuales hay que cumplir y respetar y, de no hacerlo, se establecen las consecuencias coercitivas y sancionadoras que se derivan del nefasto hecho de que “algún trastornado sujeto” rechazare no pertenecer al conjunto de los razonables y humanizados en el desarrollo de la sexualidad personal, previamente etiquetada como normal, única y eterna.
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