El Congreso de Estados Unidos certifica la victoria de Joe Biden tras el asalto al Capitolio

El Congreso de Estados Unidos certificó a Joe Biden y a Kamala Harris como el próximo presidente y próxima videpresidenta respectivamente del país.

Los votos electorales fueron aprobados este jueves después de que tanto el Senado como la Cámara de Representantes rechazaran las objeciones a los votos en los estados de Pensilvania y Arizona.

Este evento que suele ser una mera ceremonia en el Congreso fue interrumpido el miércoles cuando simpatizantes del presidente Donald Trump irrumpieron por la fuerza en del Capitolio.

La sesión se reanudó y continuó durante la noche después de que el edificio fuera recuperado tras un operación que dejó un saldo cuatro muertos.

La certificación de los votos del Colegio Electoral, que formaliza la victoria del presidente electo, Joe Biden, es una ceremonia consagrada en la constitución y normalmente diseñada como demostración de fuerza de la democracia estadounidense. En esta ocasión, el proceso se vio interrumpido horas después de un incendiaria llamada a la acción de Trump durante un discurso a sus seguidores, a los que pidió que “combatan” el “robo” de las elecciones y marcharan al Capitolio.

“Después de esto, vamos a caminar -y yo estaré con ustedes- vamos a caminar, a caminar al Capitolio”, dijo Trump. “Y vamos a vitorear a nuestros valientes senadores y congresistas, y probablemente no vamos a vitorear tanto a algunos de ellos”.

El discurso de Trump en los últimos días de su presidencia fue un mensaje marcado por la ira, que alentó a los que lo interpretaron como una llamada a la insurrección. Los alborotadores sobrepasaron y superaron a las fueras de seguridad del Capitolio, rompiendo ventanas, robando objetos de recuerdo y burlándose de la institución con fotos que les mostraban en puestos de poder.

Uno de los participantes en la turba se hizo con el escaño de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nanci Pelosi, y otro con su oficina. Una marea de gorras rojas de “Make America Grate Again” (el lema de Trump “Hagamos a Estados Unidos grande de nuevo”) inundó el Salón Nacional de las Estatuas, una zona del complejo conocida para los turistas. Un hombre ondeó una bandera confederada en el mismo lugar donde se celebraron los velorios de Abraham Lincoln y, apenas el año pasado, del congresista y líder de los derechos civiles John Lewis. Cerca de la fachada oeste del Capitolio se fotografió un nudo de horca.

Y el escenario de investidura, donde Biden pondrá la mano sobre una Biblia dentro de dos semanas, fue utilizada por la policía del Capitolio para rociar aerosol de pimienta sobre la violenta multitud.

Pocos escaparon de la indignación de Trump, ni siquiera su subalterno más leal, el vicepresidente, Mike Pence, que por una vez dijo que no podía cumplir los deseos del presidente de revocar el conteo electoral porque no tenía autoridad legal para hacerlo.

En su mitin, Trump dijo que estaría “muy decepcionado” con su vicepresidente, que poco después tuvo que ser evacuado por el Servicio Secreto cuando la masa de gente sobrepasó las barrera del Capitolio.

Pero las bases de la violencia se habían sentado mucho antes del mitin, donde el abogado personal del presidente, Rudy Giuliani, pidió un “juicio por combate” para resolver las acusaciones de fraude electoral.

Trump, que hace tiempo que eludía comprometerse a un traspaso pacífico de poder, pasó la mayor parte de 2020 declarando que las elecciones estaban “amañadas” y haciendo acusaciones sin base de un fraude electoral generalizado que, según numerosas cortes federales y su exsecretario de Justicia, no existía.

El presidente contó con el apoyo de decenas de miembros de su partido republicano, que dijeron estar dispuestos a oponerse a certificar el conteo electoral, una maniobra que sabían que demoraría pero no cambiaría el resultado.

Incluso cuando quedó claro que había perdido las elecciones, Trump se negó a admitir la realidad, e insistió en reiteradas ocasiones en que había ganado por goleada. Perdió ante Biden por 7 millones de votos.

Pero sus partidarios estaban más que dispuestos a aceptar sus esfuerzos por revertir el veredicto de los votantes.

Hace apenas unas semanas, tuiteó: “Gran protesta en D.C. el 6 de enero. ¡Vayan, sean salvajes!”, e incluso cuando había comenzado el asedio y miembros de su propio partido -incluidos algunos atrapados y escondidos en el Capitolio- le suplicaron que condenara con contundencia el acto de terrorismo interno, Trump se negó.

Pasó la mayor parte de la tarde en su comedor privado junto a la Oficina Oval, viendo la violencia en Washington desde un gran televisor en la pared, aunque centraba la mayor parte de su atención en la deslealtad de Pence.

A regañadientes, grabó un video en el que pidió “paz” y dijo a los alborotadores que “vayan a casa”, aunque planteó su petición entre nuevas acusaciones falsas de fraude electoral y dijo a los insurrectos “Os queremos. Sois muy especiales”.

En lugar de criticar directamente a la turba, tuiteó una disculpa en su nombre. “Estas son las cosas y los sucesos que ocurren cuando a grandes patriotas que han recibido un trato malo e injusto durante tanto tiempo se les arrebata una abrumadora victoria electoral sagrada de forma tan maligna y brusca”. Y les instó a “recordar” el día, indicando que en el futuro se recordaría como una celebración en lugar de un disturbio.

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