El número único para el chaleco del motociclista

Por: Angel Artiles Diaz

En Bogotá a cada motociclista se le asigna un número que debe llevar en la parte superior trasera del chaleco y en la parte de atrás del obligatorio casco protector. Si llevare acompañante, éste debe por lo menos, usar un casco protector con la numeración única correspondiente a conductor.

Nadie que no sea la persona a la que le asignó un número puede o debe usarlo, sin exponerse a una multa y a un arresto que implica una revisión del perfil o historial de la persona arrestada. En fin, en Bogotá usar un chaleco o un casco protector asignados a otra persona genera una serie de molestias a las que nadie en su sano juicio quisiera exponerse.

Parece, no tenemos la certeza, de que la asignación de un número a cada motociclistas en la República Dominicana persigue fines parecidos a la medida aplicada con éxito en Bogotá hace más de una década.

Pero hay un detalle que no lo mencionan los que promocionan la asignación de un número único a cada motociclista, se trata de que los agentes policiales que patrullan las calles de la capital colombiana están provistos de una mini-laptop en la que verifican el número del chaleco, depuran a las personas y hacen más de la mitad del trabajo burocrático que en la República Dominicana, entre ‘macuteos’ y ‘el coronel no está aquí’ se va medio día y quizás hasta una noche.

Lo del número en el chaleco de los motociclistas es una buena iniciativa, pero no servirá de nada si no se la complementa con la asignación de una laptop a cada patrulla. De no hacerlo así, se llenarán de gentes y motocicletas los patios de los cuarteles policiales y se incrementará el San Benito de la extorsión y la mordida en la que terminan todos estos intentos por regularizar el desorden del tránsito.

En fin, asignar los números únicos para los chalecos de los motociclistas y dotar a la policía de las pequeñas computadoras con el fin de agilizar los trámites burocráticos de los patios de los cuarteles y… eliminar el San Benito de la extorsión y la mordida en la que terminan todos estos intentos por regularizar el desorden del tránsito.

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